miércoles, 2 de octubre de 2013

Recuerdos...

Es egoísta el arte de la comparación. Incluso pudo llegar a decir que odiaba comparar. Sería igual que comparar la sal y el azúcar, o el mismo mar con la más alta montaña, pensó en aquel preciso instante. La ecuación de la dependencia se planteó en el umbral de su ventana, una ventana salpicada por los viejos recuerdos que nunca caen en un profundo olvido. Dependencia aferrada a un deseo ardiente de tocar, un deseo ardiente de sentir cada uno de los recuerdos llovidos una vez más.

Momento en el que escribir se convierte en un reclamo. Reclamo de impulsos, reclamo para dar forma a sus recuerdos. Recuerdos que nunca mejoraron a la realidad, pero que de su puño y letra le arrancaban una tímida sonrisa. Una sonrisa que se escapaba por sus poros y volaba hasta el punto invisible, allá donde convergen los puntos cardinales. Los mismos puntos que atraparon aquellas noches, aquellas miradas y aquellas sábanas, todas ellas testigos de sus recuerdos, que en ese preciso instante se disfrazaron de sonreír. Sonreír pleno, sin tapujos ni complejos, es decir, un sonreír complejo.


Entonces empezó a entender, porque entender con sonrisa es aprender, que hay recuerdos irrepetibles e incomparables. Recuerdos que no volverán, ni siquiera atados a los cordones de los momentos. Pero también entiende que es algo inolvidable. Sí, eso mismo, existen recuerdos que nunca se borrarán de nuestra mente. Tomó nota mecido por la luna, que en esa noche de octubre riendo recordó, que un recuerdo se convierte en inolvidable si aún existe algo que lo recuerda. Y precisamente, la lluvia susurraba aquella sonrisa recordada en el marco de su ventana.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Imagina la lluvia...

Se empieza a sentir, el invierno se cierne en los melancólicos callejones de Madrid. Callejones dibujados en el tenue brillo de la espalda de su musa de mirada profunda y hechizante. Musa de aroma a café y anticuario de barrio, musa que guarda un libro lleno de sentimientos por leer. Un leer para luego vivir ó un vivir leyendo, se plantea como interrogante por descubrir. Interrogante escrito con pluma de artista y sangre de amante, interrogante de noches sin dormir y tardes de paseo.

Y llega la noche. Noche de lluvia. Lluvia que incita al arte oscuro de las letras, empiezan a deslizarse las consonantes bajo la luz del crepúsculo mientras se mezclan con las vocales que definen caricias dibujadas por su imaginación. Piensa en acariciar su pelo y tiembla, temblor que se transmite a su vuelo titubeante sobre un mar de nubes repletas de sentimientos. La imaginación que se convierte en la artimaña más poderosa para que los kilómetros pasen a contar en milímetros un latir acompasado. Dos latas que se encuentran. Una simple sonrisa tonta. Todo sirve para que el pluvímetro se llene de infinitas gotas de sentimientos, produciendo inmensas filtraciones en sus entrañas.


Entonces llega el momento en el que se da cuenta. Maldito riachuelo que llega al más profundo callejón. Callejón que cobra sentido agarrado a sus finas manos. Manos que acariciarán sus labios cuando vuelva a imaginar. Imaginación que se convierte en realidad pura. Porque la distancia no podría apagar nunca el hechizante brillo de sus ojos.