lunes, 30 de septiembre de 2013

Imagina la lluvia...

Se empieza a sentir, el invierno se cierne en los melancólicos callejones de Madrid. Callejones dibujados en el tenue brillo de la espalda de su musa de mirada profunda y hechizante. Musa de aroma a café y anticuario de barrio, musa que guarda un libro lleno de sentimientos por leer. Un leer para luego vivir ó un vivir leyendo, se plantea como interrogante por descubrir. Interrogante escrito con pluma de artista y sangre de amante, interrogante de noches sin dormir y tardes de paseo.

Y llega la noche. Noche de lluvia. Lluvia que incita al arte oscuro de las letras, empiezan a deslizarse las consonantes bajo la luz del crepúsculo mientras se mezclan con las vocales que definen caricias dibujadas por su imaginación. Piensa en acariciar su pelo y tiembla, temblor que se transmite a su vuelo titubeante sobre un mar de nubes repletas de sentimientos. La imaginación que se convierte en la artimaña más poderosa para que los kilómetros pasen a contar en milímetros un latir acompasado. Dos latas que se encuentran. Una simple sonrisa tonta. Todo sirve para que el pluvímetro se llene de infinitas gotas de sentimientos, produciendo inmensas filtraciones en sus entrañas.


Entonces llega el momento en el que se da cuenta. Maldito riachuelo que llega al más profundo callejón. Callejón que cobra sentido agarrado a sus finas manos. Manos que acariciarán sus labios cuando vuelva a imaginar. Imaginación que se convierte en realidad pura. Porque la distancia no podría apagar nunca el hechizante brillo de sus ojos.

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