Se empieza
a sentir, el invierno se cierne en los melancólicos callejones de Madrid.
Callejones dibujados en el tenue brillo de la espalda de su musa de mirada
profunda y hechizante. Musa de aroma a café y anticuario de barrio, musa que
guarda un libro lleno de sentimientos por leer. Un leer para luego vivir ó un
vivir leyendo, se plantea como interrogante por descubrir. Interrogante escrito
con pluma de artista y sangre de amante, interrogante de noches sin dormir y
tardes de paseo.
Y llega la noche. Noche de lluvia. Lluvia que incita al arte oscuro de las
letras, empiezan a deslizarse las consonantes bajo la luz del crepúsculo
mientras se mezclan con las vocales que definen caricias dibujadas por su
imaginación. Piensa en acariciar su pelo y tiembla, temblor que se transmite a
su vuelo titubeante sobre un mar de nubes repletas de sentimientos. La imaginación que se convierte en la artimaña más poderosa para que los kilómetros
pasen a contar en milímetros un latir acompasado. Dos latas que se encuentran.
Una simple sonrisa tonta. Todo sirve para que el pluvímetro se llene de
infinitas gotas de sentimientos, produciendo inmensas filtraciones en sus
entrañas.
Entonces
llega el momento en el que se da cuenta. Maldito riachuelo que llega al más
profundo callejón. Callejón que cobra sentido agarrado a sus finas manos. Manos que
acariciarán sus labios cuando vuelva a imaginar. Imaginación que se convierte
en realidad pura. Porque la distancia no podría apagar nunca el hechizante
brillo de sus ojos.
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