Es egoísta el arte de la comparación. Incluso pudo llegar a
decir que odiaba comparar. Sería igual que comparar la sal y el azúcar, o el
mismo mar con la más alta montaña, pensó en aquel preciso instante. La ecuación
de la dependencia se planteó en el umbral de su ventana, una ventana salpicada
por los viejos recuerdos que nunca caen en un profundo olvido. Dependencia
aferrada a un deseo ardiente de tocar, un deseo ardiente de sentir cada uno de
los recuerdos llovidos una vez más.
Momento en el que escribir se convierte en un reclamo.
Reclamo de impulsos, reclamo para dar forma a sus recuerdos. Recuerdos que
nunca mejoraron a la realidad, pero que de su puño y letra le arrancaban una
tímida sonrisa. Una sonrisa que se escapaba por sus poros y volaba hasta el punto
invisible, allá donde convergen los puntos cardinales. Los mismos puntos que
atraparon aquellas noches, aquellas miradas y aquellas sábanas, todas ellas
testigos de sus recuerdos, que en ese preciso instante se disfrazaron de sonreír.
Sonreír pleno, sin tapujos ni complejos, es decir, un sonreír complejo.
Entonces empezó a entender, porque entender con sonrisa es
aprender, que hay recuerdos irrepetibles e incomparables. Recuerdos que no
volverán, ni siquiera atados a los cordones de los momentos. Pero también
entiende que es algo inolvidable. Sí, eso mismo, existen recuerdos que nunca se
borrarán de nuestra mente. Tomó nota mecido por la luna, que en esa noche de
octubre riendo recordó, que un recuerdo se convierte en inolvidable si aún existe algo
que lo recuerda. Y precisamente, la lluvia susurraba aquella sonrisa
recordada en el marco de su ventana.
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