miércoles, 2 de octubre de 2013

Recuerdos...

Es egoísta el arte de la comparación. Incluso pudo llegar a decir que odiaba comparar. Sería igual que comparar la sal y el azúcar, o el mismo mar con la más alta montaña, pensó en aquel preciso instante. La ecuación de la dependencia se planteó en el umbral de su ventana, una ventana salpicada por los viejos recuerdos que nunca caen en un profundo olvido. Dependencia aferrada a un deseo ardiente de tocar, un deseo ardiente de sentir cada uno de los recuerdos llovidos una vez más.

Momento en el que escribir se convierte en un reclamo. Reclamo de impulsos, reclamo para dar forma a sus recuerdos. Recuerdos que nunca mejoraron a la realidad, pero que de su puño y letra le arrancaban una tímida sonrisa. Una sonrisa que se escapaba por sus poros y volaba hasta el punto invisible, allá donde convergen los puntos cardinales. Los mismos puntos que atraparon aquellas noches, aquellas miradas y aquellas sábanas, todas ellas testigos de sus recuerdos, que en ese preciso instante se disfrazaron de sonreír. Sonreír pleno, sin tapujos ni complejos, es decir, un sonreír complejo.


Entonces empezó a entender, porque entender con sonrisa es aprender, que hay recuerdos irrepetibles e incomparables. Recuerdos que no volverán, ni siquiera atados a los cordones de los momentos. Pero también entiende que es algo inolvidable. Sí, eso mismo, existen recuerdos que nunca se borrarán de nuestra mente. Tomó nota mecido por la luna, que en esa noche de octubre riendo recordó, que un recuerdo se convierte en inolvidable si aún existe algo que lo recuerda. Y precisamente, la lluvia susurraba aquella sonrisa recordada en el marco de su ventana.

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